Ya
de vuelta en Villa O'Higgins, nos preparamos para seguir con nuestra
clase de pesca en el fundo El Colorado que tiene don Emilio, y por el
que pasa ese río -también conocido como Vargas-, lleno
de truchas marrones. De a tramos, corre junto a una montaña y
desde la costa opuesta, libre de matorrales, es fácil llegar
a los pozones; bueno..., fácil para ellos, nuestros queridos
instructores. A decir verdad, la cosa iba
mejorando pero me fui sin haber sacado una trucha yo sola. Eso sí,
ayudé a devolver una. Es, como dicen por acá, "salvaje".
En este lugar Emilio tiene su propio refugio, el Invernadero, instalado
en medio de un bosquecito muy cerca del río, también con
catres de madera, pero con cocina a leña y mesa con bancos. Le
daría cinco estrellas en un ranking de refugios. Me ofrecí
a hacer mi famosa sopa de cebollas. Tarde me di cuenta de que acá
la cebolla cruda es un lujo: desesperado, Nelson miraba en silencio
cómo yo iba poniéndolas todas en la olla. Por suerte la
sopa tuvo mucho éxito.
De
vuelta en Villa O'Higgins, nos enteramos que el avión no despegaría
hasta que los técnicos que había traído esa mañana
arreglaran el único teléfono del poblado. A nadie le molestó
el atraso: son las consecuencias de estar en estos lugares perdidos.
Nos dedicamos a caminar por ahí, ya todo el mundo enterado de
quieneséramos. Una señora nos invitó a tomar café
y allí nos encontró Nelson para avisarnos que en unos
diez minutos despegaríamos hacia Cochrane. Una noche más
en el Baker junto al cálido Emilio y su mujer Gini y a seguir
nuestro camino, o sea, la famosa Carretera Austral, una simple ruta
que atraviesa el maravilloso paisaje chileno. Pero antes había
que cargar nafta, tarea no tan simple, ya que en O'Higgins no hay surtidores.
Se vende en algunos almacenes. Se calcula cuánto se necesita
y se paga. El encargado va entonces hasta los tambores de nafta y llena
un bidón con ayuda de la clásica manguerita. Luego hay
que tener cuidado de no vaciar completamente el bidón en el tanque
del auto, para no cargar también alguna basurita que podría
obstruir el carburador. Como ráfaga pasamos por el lago Bertrand,
el enorme Carrera, paisajes verdísimos y bosques muertos por
las cenizas del volcán Hudson, hasta llegar a Coyhaique.

Encontramos
el Hostal Belisario jara que nos había recomendado Emilio. Muy
buen dato: lindísimo y limpio. Y nos dimos una panzada de mariscos
y centolla en el restaurante La Casona.
A
la mañana siguiente no pudimos resistir la tentación:
estábamos en una ciudad y había negocios. Pasamos por
el almacén Brautigam, repleto de ropa, zapatos y por supuesto
todo para la casa (no caza), el camping y la pesca.
En
la simpatiquísima Feria de Artesanos me tenté con unas
piedras talladas por Oscar Ziehlmann. Con nuestro auto tipo los Campanelli,
pasamos por los ríos Simpson, Mañihuales y Cisnes. Todos
de una belleza romántica indescriptible. En el Cisnes bajamos
a una playita para hacer un picnic. Sólo la idea de llegar y
conocer El Pangue (ver LUGARES 49) con luz nos animó a dejar
ese paraíso.
E-mail:
lugares@arnet.com.ar